Uno debería aprovechar la poesía para maldecir los amores eternos,
confusos, difusos; para maldecir el amor romántico después de un
cántico ahogado en nostalgia
Una debería aprovechar la
poesía para
bendecir a los hombres que pasaron por mi carne agradeciendo el calor y la humedad, para bendecir sus lealtades y traiciones, sus verdades y mentiras, sus
hastíos y cariños; para bendecir sus heridas y osadías, sus lágrimas y alegrías comprimidas en sonrisa
tosca; para bendecir sus labios, sus dientes y su corazón de niño dolido por la primera mordida
Unos deberían aprovechar la poesía para
desgranar el alma de tanta mentira, de tanta sin razón al alba, de tanto hastío de cuerpos nocturnos que fornicar su soledad con otra triste soledad; para amortiguar al alma de tal sin sentido de caminar
en círculos, ciegos, enmudecidos, repitiendo hasta el infinito el eterno
retorno de lo mismo.
Otros deberían aprovechar la poesía
para escupir y
blasfemar, para besar y acariciar, para reflexionar y bobear, para no
pensar, ni razonar; para denunciar el desatino del poder sin poder, la
gran y pequeña mentira del nuevo desorden mundial; para maldecir a Huxley,
Orwell y a todos los "conspiracionistas" que amargan mi helado de miel.
Todos deberíamos aprovechar la poesía para
desnudarnos bajo la mirada de Dios y dejarnos abofetear el Yo por la
posesión de frases y letras, de rimas y anacronías, de falos y vaginas,
de tierras y libertades, de rapsodias y sinfonías, tralaralalalalala, laralalalarala, laralalalalalala, laláralalarala...
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