viernes, 18 de julio de 2014

El vuelo de la tortuga


Desde hace tiempo, en algún escondrijo oculto entre la pared, se escucha el murmullo lejano de la piedra carcomida por la espera ansiosa. La niña-joven-mujer-anciana muerde la cal y la incorpora a sus huesos flacos. Tiene hambre desde hace mil años, hambre de calor, hambre de color, hambre de sabor. Ha estado sola entre los muros de esa casa grande y antigua, esperando todo, esperando nada. Ha tenido miedo de atravesar las paredes, de mirar por las ventanas, de salir a caminar. Ha creído todo este tiempo que sólo ahí se puede estar.

Del estanque del gran patio lleno de hojarasca y musgo triste, sale al fin la tortuga de su largo sueño. Despacio, tranquila, sin perder el rumbo la tortuga camina y atraviesa los amplios salones. En esa casa vieja el espacio es espeso y descompuesto, el tiempo es otro tiempo sin tiempo.

¡Vamos niña! ya es tiempo de salir a jugar. Su voz retumba y el polvo dormido se pone a danzar. Los recuerdos tristes de la niña se diluyen, los guarda en un pañuelo azul y feliz brinca sin parar, bebe té de canela y come pan bueno. Se arrulla y duerme ahora sobre el sillón de verde terciopelo.

¡Vamos jovencita! ya es tiempo de salir a pasear. Las polillas gordas roncan sin parar. Recorre las pesadas cortinas y sus párpados se abren al sol. Salta por el gran ventanal, recorre el amplio patio, canta con los pájaros y ríe a carcajadas con los gusanos, arañas y escarabajos. Ahora duerme tranquila en la cama de su habitación azul celeste, entre sábanas amarillas que huelen a tiempo sin desazón.

¡Vamos mujer! ya es tiempo de salir a amar. Su sabio andar deja huellas de grueso polvo negro en las oscuras baldosas. Despierta más dulce, más suave, más sabia, serena y discreta. Se baña entre piedras calientes con hierbas silvestres de aromas antiguos. Se alimenta de la medicina de la tierra que la sana, que la calma, que la nutre. Su cuerpo se forja al calor del ombligo de la tierra y de una estrella. Ahora danza mientras camina, mientras habla con el espejo, mientras mira a los hombres que por la calle pasan. Ahora su soledad se acompaña de sus manos en su cuerpo, de sus sueños despiertos, de su corazón latiendo.

De entre las paredes huecas se asoma un joven conejo de saco rojo-viejo. Ha estado mirándola mudo y rejego. Ha visto mucho en tan corto tiempo, es certero pero algo necio, alborotado y rezongón. Tiene miedo pero sabe usarlo a su favor. Ha salido de entre los agujeros de la espera ansiosa. Le falta un poco remover el verdor.

¡Vamos conejito! ya es tiempo de salir a volar. Vamos a que la anciana nos cuente sus cuentos mientras nos hace pastel de zanahoria y chocolate espeso. Vamos a atravesar el umbral de esta realidad, a mirar de frente nuestros miedos, a soñar la vida dulce, a vivir el sueño tierno. Vamos a llorar riendo, a reír llorando, a disfrutar que tenemos cuerpo, gozando la vida, viviendo la muerte.

¿Vienes conmigo?


AnacorNeta de la Luna