Y entre las sábanas blancas se
duermen los recuerdos y los juegos de niños, de las hojas frescas se desprende el
polvillo blanco del hacinamiento, de la luna sonriente asoma el vislumbre de
una posible vida en otro sitio lejano o cercano.
Que ya mis pies quieren
caminar, que mi cuerpo quiere moverse, amasar mi tierra con flores
lila-esperanza, calmar mis aguas saladas, avivar mi fuego rojo-azul y cantar
mis deseos impronunciables con el viento.
Que veo y siento unas ganas locas de
alargarme, delinearme y arrancarme las espinas ciegas de tantos años a tientas.
Lo único cierto es que el futuro es incierto y el pasado un sueño lejano.
Que
mi soledad se ha vuelto dulce sin miedo a desmarañar el páncreas de la creación,
y pinta sobre los anillos de los años mil colores que acompañen y sanen y calmen
y agraden.
Que hay una soledad tierna del otro lado del océano que saborea la fibra de un costal lleno de ilusiones y utopías de sabores crudos y jugosos.
Que hay una soledad tierna del otro lado del océano que saborea la fibra de un costal lleno de ilusiones y utopías de sabores crudos y jugosos.
Que
hay en las sonrisas francas de la pantalla la esperanza de un presente eterno
con sabor a naranja dulce y limón partido, dame un abrazo que yo te pido, que
dicen los que dicen que eso cura el alma enferma de soledad amarga.
Y yo aquí
con harta calma, me desvelo mirando la noche desenfrenada, siguiendo la luna y
su sonrisa amarilla, su ojo que guiñe en secreto la verdad de mi llanto, menguante
disonante que termina para iniciar una vez más, y así otro ciclo más, otra
vuelta más, otra muerte más, otra vida más.
Cierto es que si mañana nos encontramos,
la unión eterna hoy se consumará.
Anacoreta de la Luna