Duerme mi niña, que el río de aguas negras en calma está, los patos nadan tranquilos y la luna artificial se deja asomar en el espejo humeante de cal, de grillos que ya no cantan, me los he comido en un taco grande con limón y sal. Grillito te como y me como tu dolor, tu breve dolor de ser cocinado sobre un comal caliente.
Que tu dolor no es más grande que el mío, que mi dolor no es más grande que el tuyo. Hoy danzaré nuestro dolor, sanaré las heridas de mi cuerpo y de mi alma antiguas. Resanaré las fracturas de mi ser completo, recuperaré mi memoria perdida por el descontento. Yo ya me voy a morir a los desiertos a que me coma el venado azul.
Que los grillos de oro me hagan cantar, me sanen, me hagan amarme y quererme, encontrarme. Quiero transmutar en placer por vivir los dolores de mi cuerpo, de mi mente, de mi alma, de mi corazón. Yo sólo pido ya no sufrir más, disfrutar la medicina de la vida. Hay dolores que no se quitan con sólo llorar, la medicina del venado me está sanando.
¡Venadito! ven y cómeme un poquito, quiero sacar todas mis ganas de llorar, verterlas al fuego, ahogarlas en el mar. Al pie de un árbol mi alma se sienta algo triste e iluminada por la luz de la noche. Los colores difuminándose, transformándose suavemente. Me quedo aquí mirando la lluvia limpia, lluvia fina que calma mi andar en la noche fría y húmeda de tanta soledad.
Suspirando quedo y resucito al tercer día, o al séptimo. Que llegue la nueva etapa de luz y plenitud, que así sea, que así sea, que así sea. A dormir mi niña bonita, a dormir y soñar con el canto de los grillos contentos que bien saben danzar sobre la tierra caliente.
Anacoreta de la Luna.