"...Tuvo miedo.
No era tanto miedo al peligro que la amenazaba; era un miedo que procedía de sí misma. Apenas pensaba en que se quedaría para siempre hechizada y paralizada. No, era el miedo a lo incomprensible, a lo desmesuradamente grandioso, a la realidad de lo prepotente lo que hacía sus piernas cada vez más pesadas, hasta que le pareció tenerlas de plomo frío y gris.
Sin embargo, siguió adelante. No miró más hacía arriba. Mantuvo la cabeza baja y anduvo muy lentamente, paso a paso, hacia la puerta de roca. Y el peso del miedo que quería clavarla al suelo fue cada vez más poderoso. Sin embargo, siguió adelante. No sabía si la esfinges tenían cerrados los ojos o no. No podía perder tiempo. Tenía que arriesgarse a que le permitieran la entrada o aquel fuera el fin de su Gran Búsqueda.
Y precisamente en el instante en que creía que su fuerza de voluntad no bastaría para impulsarla a dar otro paso más, oyó el eco de ese paso en el interior de la puerta de roca. Y al mismo tiempo todo su miedo la abandonó, tan total y absolutamente que se dio cuenta que, a partir de entonces, nunca más tendría miedo, pasase lo que pasase."
[Michel Ende, La historia interminable]
